Las aspiraciones de los países pobres,
por convertirse en países ricos y desarrollados,
así como las expectativas similares de las diversas regiones
y localidades dentro de aquellos países, se encuentran hoy ante
un agudo dilema equivalente al ser o no
ser del personaje de Shakespeare. La duda fundamental proviene
aparentemente de diversas percepciones sobre lo que debe entenderse
por riqueza y desarrollo, es decir: ¿un país con muchas
industrias, con muchas inversiones y con un elevado nivel de vida para
su población?, ¿un país –y una región
y un espacio local-, que al mismo tiempo tenga un gobierno democráticamente
elegido y con equilibrio entre los diversos niveles de poder? ¿Un
modelo de desarrollo que se pueda sostener en el tiempo, que proporcione
bienestar para toda o la mayor parte de la población y que asegure
alternativas de vida para las futuras generaciones?
En este artículo vamos a explorar algunas visiones contrapuestas
acerca del concepto de riqueza a nivel regional y sobre sus implicancias
en la vida local. Para ello examinamos una variante de la leyenda de
El Dorado que registramos en la sierra de Piura, al norte del Perú,
y recurrimos a algunas observaciones de Humboldt acerca de esta región,
doscientos años atrás. Seguidamente intentamos una explicación
alternativa de la leyenda y presentamos nuestras visiones del futuro
para la sierra de Piura, pues aunque investigamos el pasado o las tradiciones
que se enraízan en el pasado, es en el presente, en el futuro
y en la vida donde se encuentran nuestras mayores prioridades.
El Dorado en Piura
Una de las narraciones legendarias más conocidas
de la América Indígena es la de El Dorado. Para recapitularla
brevemente, podemos decir que en los inicios de la conquista, los españoles
encontraron la leyenda en la sierra de Cundinamarca (Colombia) y la
asociaron con la laguna de Guatavita. Según el relato, el gobernante
local (el hombre dorado) cumplía en la laguna un rito anual de
purificación, que culminaba cuando su cuerpo resplandecía,
completamente cubierto de oro, y se zambullía en el agua.
Desde entonces, la leyenda ha desvelado muchos sueños
y ha generado incontables empresas y aventuras de exploración
en búsqueda de una ciudad llena de riqueza. Los buscadores de
oro y otras riquezas equivalentes, han encontrado muchas versiones locales
de esta narración en distintos lugares de los Andes y la Amazonía,
como el mítico Paititi, en
la sierra y selva alta del sur del Perú y el menos conocido Chicuate
Grande, una “ciudad de oro” escondida en la sierra
o selva alta de Piura, territorio de los antiguos Guayacundos, cerca
a la frontera peruano-ecuatoriana(1).
El año 2000, cuando los autores de este artículo participamos
juntos en la realización de un documental acerca de los principales
sitios arqueológicos de Piura y Tumbes, particularmente aquellos
asociados a los Incas, ya habíamos tomado contacto con la versión
local de El Dorado en la sierra de Piura, habíamos discutido
sobre los riesgos de entender los relatos legendarios al pie de la letra
y, más que la posibilidad de un hallazgo arqueológico,
que de todos modos no debe descartarse, nos había llamado la
atención sobre todo, el trasfondo simbólico de la leyenda:
un pueblo inmensamente rico, lleno de oro, ubicado en algún lugar
de la sierra de Piura y que se encuentra escondido o “sumergido”
desde los primeros años de la conquista española, convertido
en una pampa o laguna según las distintas versiones. Un pueblo
que, según los campesinos, aún existe, pero al que no
es fácil ingresar, ya que sólo pueden hacerlo las personas
“de buen corazón”.
Algunos años antes, al trabajar conjuntamente la edición
de un estudio socio económico sobre la provincia de Ayabaca(2)
(Astuhuamán y Zevallos 1996), nos había sorprendido también
el extraordinario y vertiginoso incremento de peticiones y proyectos
mineros en la sierra de Piura, a partir del decreto de promoción
a la minería firmado por Alberto Fujimori en 1992. Uno de los
denuncios más grandes en los registros del Instituto Geológico,
Minero y Metalúrgico, era el de Coripacha
(“Tierra de oro” en Quechua)(3),
ubicado en el mismo territorio, entre Ayabaca y Huancabamba, donde la
leyenda de Chicuate se mantiene vigente. Nos pareció entonces
que la antigua leyenda se había entendido en forma demasiado
literal.
Tras
las huellas de Humboldt
Fuera del terreno de las leyendas, la sierra de
Piura, que en algunas zonas se confunde con la selva, tiene una cantidad
inmensa de maravillas naturales y culturales que valdría la pena
estudiar, conservar y promover. Numerosos viajeros, estudiosos y exploradores,
desde Cieza de León hasta Antonio Brack, pasando por Martínez
Compañón, Humboldt, Raimondi, Polia y Hocquenghem, han
dejado testimonios diversos de las verdaderas y numerosas riquezas de
esta región. Particularmente interesantes nos parecen los apuntes,
reflexiones y preguntas de Humboldt, quien visitó la sierra de
Piura en 1802. Su mirada
curiosa y penetrante, sus observaciones
razonadas y su visión
de conjunto, que refleja el final de una época en la que el arte
y la ciencia aún no estaban completamente separados, pueden ayudarnos
a tener una apreciación comparativa de esta sociedad y de su
territorio en épocas distintas. Aquello que se pudo ver, se registró
y se interpretó hace 200 años, mantiene su vigencia porque
nos permite comparar permanencias y transformaciones, avances y retrocesos,
entre los cuadros y las escenas de otra época y las imágenes
del presente.
Fue con el propósito de enfocar en perspectiva histórica
y acaso aportar algunas respuestas para resolver los problemas y las
dudas actuales que confronta esa misma sociedad, que nuestro documental
siguió las miradas, las voces y las huellas de Humboldt en la
región. En esta ocasión nos parece pertinente proceder
de la misma forma y vislumbrar las principales visiones y ficciones
de desarrollo que se plantean actualmente en la Sierra de Piura, así
como la transformación radical que sufriría la región
en caso de continuar ejecutándose el gran proyecto minero Río
Blanco, anteriormente conocido con el nombre de Coripacha, ubicado en
los antiguos territorios de Chicuate y explorado sucesivamente desde
1993 hasta el presente, por las empresas mineras Newcrest, Coripacha
y Majaz, esta última como operadora de las empresas internacionales
Río Blanco Copper Ltd. y Monterrico Metals plc. Aunque los inversionistas
del Proyecto Río Blanco declaran ahora que se trata de un yacimiento
de cobre y molibdeno, parece que es el oro su principal interés.
En nuestro trabajo, no sólo habíamos tomado a Humboldt
como guía por el hecho de haber recorrido los mismos lugares
antes que nosotros, sino sobre todo, porque en la mirada de este sabio,
que según Labastida(4)
era “un científico que buscaba siempre la conexión
universal de los fenómenos, la unidad en la diversidad, la ley
bajo sus manifestaciones diversas”, y en el propio estilo de su
obra, que según el mismo Humboldt, buscaba “revestir la
ciencia de una forma literaria, ocupar la imaginación al mismo
tiempo que enriquecer el dominio de la inteligencia”(5),
teníamos un modelo que coincidía perfectamente con nuestra
perspectiva, pues no pretendíamos que aquel documental fuera
un frío inventario académico ni una producción
espectacular destinada prioritariamente a los canales de televisión,
tan lamentables en aquella época y aún ahora. Queríamos
dirigirnos a grupos pequeños y tal vez modestos, pero con nombre
propio; pensábamos por ejemplo en colegios, asociaciones culturales,
clubes y municipalidades, no en públicos masivos e impersonales
que esperan consumir productos estandarizados, técnicamente perfectos,
pero tal vez sin alma.
Nos planteamos entonces proporcionar a esos grupos seleccionados de
la población regional, un mensaje que pudiera despertar su interés
y motivar su reflexión, un mensaje que debía contener
información histórica valiosa y seria, con suficiente
respaldo académico, pero que al mismo tiempo comprometiera la
memoria, los sentimientos y las intuiciones más altas de esa
población. En esa aspiración, una de nuestras referencias
era precisamente la obra de Alexander von Humboldt y la calidad de su
mirada.
Como se sabe, Humboldt ingresó al Perú por la Sierra de
Piura el 1º de Agosto de 1802, acompañado de Aimé
Bonpland y Carlos Montúfar; cruzó el río Calvas
que constituye la frontera entre Perú y Ecuador y recorrió
las provincias de Ayabaca y Huancabamba durante dos semanas, realizando
importantes observaciones geográficas, botánicas, astronómicas
y arqueológicas, pero prestando atención también
a diversos aspectos de la realidad cultural, como había hecho
ya en los territorios de Nueva Granada(6).
Sus estudios en la Universidad de Göttingen y en la Escuela de
Minas de Freiberg, en Sajonia, le permitían evaluar con precisión
las riquezas minerales y su procesamiento; lo cual aplicó por
ejemplo en las minas de plata de Hualgayoc (Cajamarca) y en el análisis
de sus perspectivas económicas (Hampe, 1999); sus conocimientos
físicos y astronómicos le permitieron ubicar el ecuador
magnético; su perspicacia política lo llevó a sugerir
la conveniencia de que Jaén estuviera incorporado al Perú,
y en su visión humanista y acaso romántica, hubo lugar
para un sincero elogio de las habilidades y costumbres del pueblo Jíbaro;
pero entre todas sus observaciones, hay tres aspectos que nos interesa
comentar en esta oportunidad: sus referencias sobre Ayabaca; sus comentarios
acerca de las fuentes de agua en Piura, y sus conjeturas sobre una región
inexplorada, rica en oro.
Ayabaca y Loja
El primer dato que nos parece importante subrayar
y comparar con el presente, se refiere a la importancia que tenía
la Sierra de Piura y particularmente Ayabaca, en la época en
que se produce la visita de Humboldt.
Por ejemplo, al referirse a Loja, dice Montúfar, el acompañante
ecuatoriano de Humboldt, que “se puede
llamar más bien un pueblo grande que una ciudad. Es mui pequeña.
El número de sus habitantes dicen llega a 2000. Sus gentes son
sin cultura, abstraídas, sin trato”(7).
En cambio, Humboldt afirma que, la Ayabaca que sus ojos observan, “está
hecha para dar una idea ventajosa del Perú”(8)
y menciona que se ve allí todos los oficios y el doble de habitantes
que en Loja. Con breves trazos describe una sociedad laboriosa, feliz,
autosuficiente y segura de sí misma. Casi podríamos decir
que describe un pueblo opulento, bien adaptado a las condiciones de
su espacio y de su época, a pesar de algunas carencias (“mucha
nobleza en ruanas(9)
y pies desnudos”). Hoy, doscientos años después,
no necesitamos explicar la diferencia de trato que han recibido Ayabaca
y Loja en sus respectivas repúblicas. Sólo basta con mirar
las actuales ciudades y compararlas con la imagen descrita por Humboldt:
Loja es ahora una ciudad próspera, limpia, ordenada y bien comunicada,
con 150,000 habitantes y dos universidades; Ayabaca es un pueblo de
4,000 habitantes, adormecido en el olvido, el aislamiento y la privación
de servicios elementales. Ante la actual marginación de Ayabaca
por las estructuras de poder regional, podría ser interesante
–aunque tal vez doloroso- preguntarnos ahora, cuáles serían
los comentarios de Humboldt sobre el destino de Ayabaca, ¿estaremos
equivocados si suponemos que tal vez consideraría más
natural ver a esta provincia unida a Loja y al Ecuador?, ¿no
le parecería extraña esta postración económica,
completamente en contradicción con el valioso patrimonio cultural
y natural de la Sierra de Piura?, ¿cuál sería su
posición acerca de la discrepancia entre las diversas propuestas
que plantean cómo aprovechar y “desarrollar” este
patrimonio?
El agua y el oro de las montañas
Nuestra segunda referencia se relaciona con los
grandes reservorios de riqueza natural en la región. No nos referimos
al oro, sino al agua: Humboldt nos hace recordar que la zona de páramos
de la sierra de Piura, donde se dividen las aguas que van al Pacífico
de aquellas que se dirigen al Atlántico, es la fuente de agua
dulce de toda la región piurana, con sus numerosas lagunas y
sus bosques permanentemente húmedos por la neblina de sus cordilleras.
Humboldt menciona los proyectos de aquella época para proporcionar
agua a Piura a partir de las lagunas Huaringas y la verdadera fiesta
que significa para los habitantes de la ciudad de Piura, la crecida
del río después de una larga sequía(10).
Volviendo al presente, la población local y regional se
encuentra ahora ante la disyuntiva de escoger entre el agua y el oro,
entre la protección de sus reservas naturales de agua dulce,
verdadero tesoro líquido para la economía agrícola
y ganadera establecida tradicionalmente en la región, caudal
de agua indispensable para mantener la rica biodiversidad de los frágiles
ecosistemas locales, manantial de posibilidades para el turismo ecológico
y cultural, y fuente de vida para las futuras generaciones; o cambiar
completamente de rubro y elegir el camino de la explotación minera
en la misma zona donde se encuentran los páramos, bosques y lagunas
que constituyen el espacio sacralizado de la medicina tradicional piurana
y los vestigios de la red Inca de caminos que une importantes sitios
arqueológicos y centros ceremoniales (Mapa
1). Por cierto, decir que la población podrá elegir
su destino, es tal vez una esperanza excesiva, porque las actuales autoridades
del gobierno regional ya han dado numerosas muestras de complacencia
con el proyecto minero, argumentando que este permitirá generar
mayores recursos para el desarrollo regional.
Las prospecciones mineras se iniciaron una década atrás,
casi al mismo tiempo en que nosotros realizamos nuestras primeras investigaciones
en la zona, con otros objetivos. La Constitución Política
del Perú, que prohíbe la explotación minera a una
distancia de 50 Km. de la frontera, fue violada al autorizar las exploraciones
durante el gobierno anterior, pero el actual gobierno ha otorgado todavía
mayores facilidades a los inversionistas, emitiendo un dispositivo legal
específico para este caso: el Decreto Supremo 023-2003 EM que
autoriza la inversión minera dentro de 50 Km. de la frontera.
¿Es posible que las actividades mineras en esta región
donde nacen las aguas, convivan con la agricultura y ganadería?
La pregunta no parece habérseles ocurrido a las autoridades del
gobierno central y regional, que apoyan sin reserva a la empresa minera,
sin embargo esta misma pregunta ya ha sido respondida por los gobiernos
locales (municipalidades) y por las comunidades campesinas que habitan
la sierra de Piura: ellos han expresado su completo rechazo al avance
del Proyecto Río Blanco, porque entienden que no sólo
afectará a las comunidades de Yanta y Segunda Caxas (situadas
en las nacientes de los ríos Quiroz, Huancabamba y Chinchipe,
Mapa 2); sino que perjudicará
también a las comunidades ubicadas a lo largo del mineraducto
que se construirá hacia la costa para el procesamiento de minerales,
el cual tendría una extensión de más de 250 Km.,
además de la infraestructura asociada a dicho mineraducto. Las
experiencias desastrosas en otros lugares, como Cajamarca y Cerro de
Pasco, han demostrado que las visiones del desarrollo que se hallan
detrás de estas alternativas son incompatibles, de modo que una
de ellas deberá prevalecer: el agua o el oro.
La metáfora del oro en
el reino de las leyendas
Para no quedarnos en lo “puramente racional”,
observemos que, al pasar por la sierra de Piura en 1802, Humboldt encuentra
noticias acerca de una región desconocida, muy rica en oro, aparentemente
llamada Cundirumarca y habitada por el pueblo de los Chicas,
cuyo príncipe se habría entrevistado con Atahualpa. Humboldt
subraya el hecho de que el nombre de esta provincia desconocida se habría
dado por error
a Cundinamarca, en la actual Colombia(11).
Esta referencia explícita de Humboldt, que conoció la
laguna Guatavita, comúnmente asociada con la leyenda de “El
Dorado”, parece plantear una importante enmendadura a la posible
ubicación de aquel lugar legendario, aunque se trate de un espacio
simbólico. Siguiendo aquel dato, no es tan descabellada la conjetura
de que entre los indígenas que proporcionaron el conocido relato
"colombiano", también había pobladores de origen
Guayacundo, que acaso se estaban refiriendo a la comarca mítica
de Chicuate, en cuyas lagunas sagradas, su gobernante podía “bañarse
en oro”. La posibilidad existe, sobre todo si pensamos en los
grandes procesos migratorios producidos, especialmente en los siglos
XV y XVI, a partir de los cuales, muchos mitmas
("mitimaes") Guayacundos partieron masivamente desde la sierra
de Piura hacia el sur (por ejemplo a Huancavelica) y hacia el norte
(Quito y Pasto). Curiosamente, Colombia es hoy el país donde
más abunda el apellido "Guayacundo", que es también
el nombre de un pueblo en el Cauca y de un cerro en Cundinamarca.
Pero, ya que hemos entrado a este terreno, tal vez convenga
conocer un poco más sobre aquello que podía tener un valor
equivalente al oro para los antiguos Guayacundos: su leyenda fundacional
se refiere a una princesa emblemática llamada "Corazón
del Mundo", que está dispuesta a “casarse” (es
decir, a permitir el acceso a sus misterios y a su poder), pero solamente
con aquel pretendiente capaz de "alcanzar corriendo" a un
venado salvaje y sujetarlo sin hacerle daño. En la leyenda, un
joven y humilde cazador y tejedor (Aypate),
es el único que logra superar la prueba. Al asumir el poder se
convierte en un gobernante ejemplar y un modelo de conducta, debido
a su justicia y sabiduría. El nombre de Aypate (“el que
alcanza lo más alto”), se ha conservado en el nombre de
una montaña sagrada y en el principal santuario prehispánico
de la región. Los Incas(12)
mantuvieron su importancia ritual y establecieron aquí una capital
provincial que fue abandonada después de la conquista española.
No es difícil darse cuenta que esta leyenda encierra
un claro simbolismo acerca de la maestría necesaria para manejar
el delicado tejido de relaciones entre naturaleza y sociedad, sin destruir
sus hilos: ya sabemos que, en general, la naturaleza plantea múltiples
desafíos y pruebas que las sociedades deben responder de manera
organizada. Una investigación de John Earls acerca de la astronomía,
agricultura y organización social en el sur andino(13),
muestra que una manera de conseguir este manejo equilibrado es "alcanzando"
a la naturaleza y resolviendo los problemas que ella presenta, por ejemplo
diseñando formas de producción y organización adaptadas
a las diversas circunstancias naturales y climáticas. Otra manera
es "sujetándola” o canalizándola, para “reducirla”
a las variables tecnológicas y organizativas que la sociedad
maneja. Lograr esto sin "hacerle daño" a la tierra
o a la naturaleza, es un reto que las sociedades contemporáneas
no han conseguido resolver y es parte de todas las utopías de
felicidad, abundancia y “sustentabilidad”. El mensaje “ecologista”
de esta sencilla leyenda es completamente vigente, y es tal vez un indicio
de la clase de “oro” con que sus gobernantes podían
bañarse. Quizás ese es el “buen corazón”
que se requiere para acceder a los tesoros legendarios de Chicuate.
Así, mientras la aventura minera de Río
Blanco, aparentemente es vista por el actual gobierno central y por
el gobierno regional como la “Ciudad de Oro” de la que esperan
recibir fáciles ingresos para financiar sus proyectos, sin pensar
en los riesgos ecológicos para toda la región; en cambio
la población e incluso las autoridades locales están mostrando
una actitud con respecto a la vida y a la naturaleza, que se parece
mucho a la propuesta ética de los antiguos Guayacundos. ¿Cuál
visión deberá prevalecer?, ¿Quién toma las
decisiones y quién afronta las consecuencias?
Las visiones del futuro
El Proyecto Río Blanco, que se encuentra
actualmente en la etapa de elaboración de los estudios de factibilidad
e impacto ambiental, al mismo tiempo que avanza en la exploración
y la búsqueda de inversionistas, tiene planificado construir
sus instalaciones a partir del 2005, para un tiempo mínimo de
vida productiva de 25 años. ¿Qué sucederá
el año 2030 con las comunidades que habitan la sierra de Piura
y con su patrimonio natural y cultural? Si nos guiamos por los casos
históricos de Cerro de Pasco, Potosí, Hualgayoc o Talara,
podemos afirmar que allí donde se ejecutaron proyectos de “desarrollo”
basados en la simple extracción de recursos, la inversión
en la región fue mínima y luego de una aparente bonanza
temporal, las poblaciones locales fueron más pobres que antes
y quedaron irremediablemente afectadas en diversos aspectos, entre los
cuales se encuentran el daño ecológico y las lacras sociales
que traen las actividades extractivas, en especial la minería.
Los abundantes denuncios y concesiones para actividades
de exploración y explotación minera en la sierra de Piura
y en toda la región, podrían ser los heraldos de una confrontación
inminente entre distintas visiones del mundo y modelos contrapuestos
de desarrollo. Quizás todavía sea posible alguna forma
de diálogo, tal vez los grandes inversionistas del exterior y
sus socios peruanos renuncien alguna vez a actuar como los dueños
del mundo, quebrantando la ley y ablandando el ánimo, casi siempre
débil de los gobernantes; quizás los proyectos mineros
y otras actividades extractivas puedan demostrar todavía que
son sostenibles y que ofrecen beneficios a la población local.
Pero en este caso, hay niveles elementales de respeto que ya han sido
quebrantados: no se ha consultado a la población; se ha violado
las normas jurídicas y se ha dictado leyes con nombre propio,
leyes contrahechas que el Estado ya ha defendido con las armas, provocando
la muerte de un comunero en manos de la policía; y recientemente
la detención de partidarios y opositores de la actividad minera.
En una de las representaciones gráficas de su
crónica ilustrada, Guamán Poma de Ayala muestra a un conquistador
comiendo de un plato, mientras que en la referencia escrita indica:
“este oro comemos”.
En su elocuente sencillez, este es un ejemplo, acaso excesivo, del choque
entre dos visiones contrapuestas del mundo, que en muchas ocasiones
no han logrado establecer un diálogo fecundo. Los distintos sistemas
de valores y las distintas visiones acerca del concepto de riqueza han
llenado trágicamente de violencia las páginas de la historia.
Conocida es una versión de la muerte de don Pedro de Valvidia,
conquistador de Chile, a quien los araucanos le habrían vaciado
oro derretido en la boca para saciar su insaciable apetito de riqueza.
Es de esperar que no ocurra nada parecido en la sierra de Piura, que
no haya ocasión para que ni el mercurio ni el cianuro ni la sangre
lleguen al río, que el río Blanco y todos los ríos
y lagunas se mantengan limpios. Aunque en las circunstancias actuales,
esa puede ser una esperanza demasiado ingenua, pues parece que algunos
jamás podrán entender las penosas lecciones de la historia,
antigua y reciente, y que siempre habrá incautos dispuestos a
interpretar la leyenda de la Ciudad de Oro al pie de la letra.
Notas Explicativas
(*)
Ambos autores integran el Centro Provincial Ayabaca, una organización
de emigrantes de la sierra de Piura en Lima, donde coincidieron para
la edición de un diagnóstico socioeconómico de
la provincia en la que ambos tienen raíces familiares. Otro trabajo
compartido fue la realización del documental en video “Mensajes
de Piedra y Barro; Arqueología e Historia de Piura y Tumbes”
(2000, Lima: Fondo Documentario de la Cultura Peruana. UNFV). Antes
de iniciar sus estudios como becarios IFP, ambos eran profesores en
la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
(1) Ramírez, (1966: 124-132).
(2)
El nombre de la provincia (Ayabaca o Ayavaca), proviene del quechua
Aya Huaca: santuario de la muerte
y de la transformación de la vida.
(3)
Pacha no es solo tierra o espacio,
sino también tiempo, pero los autores del denuncio minero no
parecen haber estado al tanto de estas sutilezas del quechua o runa
simi.
(4)
Labastida, (1999: 7).
(5)
Humboldt (1961: 5).
(6)
Las referencias escritas acerca de la exploración de Humboldt
en la Sierra de Piura y el Perú se encuentran en forma dispersa
en distintas publicaciones del sabio, pero principalmente en su diario
de viaje. Esta información ha sido recientemente objeto de análisis
desde diversas perspectivas (Hampe, 1999; Astuhuamán, 1999; Núñez
y Petersen, 2002; Zevallos, 2002).
(7)
Montúfar (1889:13-14).
(8)
Humboldt [1802] (1991:17).
(9)
Ruana: un tipo de poncho o capa en Perú y Colombia
(10)
Humboldt [1802] (1991: 9-25).
(11)
Humboldt (1961:316).
(12)
Zevallos (1999: 45-69).
(13)
Earls, 1989.
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