La construcción de liderazgos es una empresa
que no puede estar inconexa del memorial histórico que actúa
como basamento de aquellos, y que constituye la base desde la que se
desarrollan. Historial que, en el caso de Latinoamérica, ha estado
matizado de caudillismos, personalismos, y autoritarismos, entre otros,
y que han devenido, frecuentemente, en la incapacidad para responder
a demandas de liderazgos efectivos. Cuestión que, por cierto,
podría caracterizar las debilidades en grupos sociales afectos
por procesos de exclusión cuando reproducen en su interior lógicas
de funcionamiento inadecuadas. Estos modos –someramente expuestos-
explicitan la necesidad por desconstruir, reformular, y o proponer nuevas
formas de liderazgos acorde con las necesidades actuales de nuestro
continente, y entre las cuales los actores individuales y colectivos
que lo ejercitan son fundamentales.
Abordar el tema del liderazgo, de suyo implica reconocer que no existe
una única definición conceptual, o un modelo único
de aquel. Por el contrario, son muchos los matices que existen cuando
se trata de hablar del tema en cuestión. Lo cierto es que los
enfoques en general parten de la base de la existencia de personas que
potencialmente podrían desarrollar habilidades y como tal ejercer
el liderazgo. Sin embargo, se ha focalizado poco la indagación
de su génesis y desarrollo en el proceso vivencial más
amplio, y en los espacios donde emergen; en otras palabras, la relación
entre la experiencia de vida, la exclusión y construcción
identitaria y por el otro la dimensión social y el contexto donde
se ponen en práctica. El conocimiento de estos aspectos es una
tarea prioritaria.
El Contexto
Los cambios socioculturales acaecidos durante los últimos años
en Latinoamérica –entre los que se cuentan el regreso a
la democracia- obligan a su interrelación con la emergencia de
liderazgos sociales. Específicamente, en los últimos quince
años, la movilización social ha presentado algunos cambios
relevantes; surgen o se reubican nuevas temáticas asociadas a
grupos que replantean los temas históricos de la movilización,
y paralelamente disminuye la legitimidad de la institucionalidad del
movimiento social tradicional con anclaje en los sindicatos, los partidos
políticos, y las iglesias, entre otros. En efecto, se suscita
un proceso ambivalente; por un lado, la pérdida de influencia
de las agencias formadoras tradicionales de liderazgo que deja, ciertamente,
un vacío; y por el otro, se generan procesos formativos desde
y para movimientos sociales emergentes.
La cuestión ocurre bajo dos modalidades: primero, la autoformación,
y segundo, la profesionalización de los mismos. En el primer
caso –autoformación- queda manifiesta la precariedad de
los liderazgos: falencias para la articulación discursiva, falta
de legitimidad ante otros actores sociales (académicos, cuadros
profesionales, Gobierno) etc. Y por el otro, la profesionalización
canaliza una demanda –cada día más enfatizada- que
es la construcción de sujetos capacitados, adiestrados formalmente
en procesos educativos, poseedores de capital cultural, y que cuenten
con la experticia que les permita elaborar discursos fundamentados.
Luego, si convenimos en que los liderazgos trasformadores son fundamentales
para la construcción de una sociedad civil bien articulada, es
evidente que la precariedad de aquellos es una clave de lectura para
comprender las debilidades de la sociedad civil y que repercute en la
persistencia de las condiciones sociales de exclusión de grupos
afectos por aquellas(1).
En el campo de las temáticas se instala la identidad, ya que
grupos afectos por procesos de exclusión empiezan a articularse
en torno a una demanda específica que, a la par, revela cambios
sociales mayores; uno de los cuales es la focalización en torno
al componente identitario. Liderazgos orientados concéntricamente
en torno a una problemática identitaria que actúa como
motor de estrategias que, a la par, da cuenta de la diversificación
discursiva de la postmodernidad y del centralismo que han empezado a
alcanzar los relatos en torno a lo particular en detrimento del metarrelato.
Vivencia y liderazgo
La aproximación a los liderazgos necesariamente
debe considerar al líder en tanto sujeto, es decir, como el querer
individual por ser actor, y como tal es importante la indagación
de su experiencia subjetiva, considerando que emergen colectivos que
plantean la afección a la exclusión ya no sólo
desde las dinámicas económicas –exclusión
socioeconómica- sino que se focalizan en aspectos identitarios
que hacen de éstos su base constitutiva –indígenas,
jóvenes, mujeres, homosexuales. En este sentido, es preciso señalar
la dinámica de la configuración de la identidad como elemento
definitorio de liderazgos sociales. Existen dos grandes niveles, ciertamente
interrelacionados: a nivel de la psiqué el individual, y en el
plano cultural, el colectivo. Ambos –el yo y el nosotros- tienen
una relación de interdependencia donde el uno no puede ser sin
el otro, puesto que la construcción identitaria es un proceso
de reafirmación individual en el colectivo, y viceversa en consideración
de que el colectivo no existiría sin individuos.
Este proceso ilustra la lógica interna de la construcción
identitaria; lógica cuya epistemología es que la identidad
es un proceso histórico estructural signado por el dinamismo
temporal-espacial, y por ende divergente del esencialismo que tiende
a la fijación de lo mudable, que de suyo dificulta la aproximación
sociológica a la comprensión del cambio cultural. Hay
más; no sólo existen categorías culturales compartidas
–nación, religión, género, etc- que permiten
la construcción de la identidad individual, sino que también
en el nivel social el “yo” tiene modelos en la medida que
selecciona referentes para su propia reafirmación o rechazo.
Referentes individuales o colectivos: la construcción identitaria
implica la aceptación o su contrario respecto de las expectativas
de los otros. No se trata, sin embargo, de un proceso pasivo de un “yo”
que internaliza pues existen márgenes de acción que posibilitan
aceptar, rechazar u oponerse a las expectativas. Tal relación
se extrapola al colectivo configurando grupos de otros significativos
y otros de oposición, pasando de ese modo desde la identidad
puramente individual a la colectiva, y cuando aquella problematiza el
orden en que se inserta deviene políticamente.
El proceso presenta variadas dialécticas tanto a nivel colectivo
como individual, y no sólo en la relación con “otros
sujetos”. Las relaciones identitarias no sólo son mediadas
por el discurso de referencia, sino también por bienes simbólicos
que aportan a la creación del proceso; hay por ejemplo en la
estética un elemento de diferenciación social. Grupos
de adscripción socioeconómica se definen materialmente
a través simbolismo que proporciona lo consumido, pues en este
caso la construcción del status no descansa únicamente
en los bienes intangibles como el capital cultural, sino también
tangibles como el consumo de determinadas marcas, autos, ropas, etc.
En estos casos, el poder adquisitivo –el dinero- actúa
como medio simbólico de intercambio del que depende la inclusión/exclusión.
En otros casos, la emergencia de los otros excluídos -identidades
de protesta- y del movimiento social emergente ha estado marcada por
el desafío de construir identidades alternas a las hegemónicas
que, a la luz de sus carencias –entre las que se cuenta su menor
poder adquisitivo- creen espacios de expresividad sea en la producción
de discursos, sea en el uso de lugares, o en el uso de bienes; un caso
es por ejemplo la oposición desde el símbolo: tribus urbanas
no son sólo colectivos de búsquedas identitarias de la
subjetividad juvenil, sino también de estéticas entendidas
como canal para la creación del sentido de pertenencia, cohesión,
solidaridad grupal, identificación y de expresión de disenso
respecto de las expectativas de los otros no identificados con aquellos,
desde el lugar de la antiestética.
Hay algo relativamente esclarecido; el componente identitario está
jugando un creciente rol en los liderazgos sociales emergentes. Asistimos
a la politización de las identidades en tanto elementos que permiten
reconstruir el sentido comunitario perdido por la preeminencia de lógicas
desarticuladoras como las del mercado. En el caso de la identidad como
espacio de denuncia y protesta, de entre los aspectos que han sido subordinados
algunos emergen politizadamente; mujeres que rechazaron la tipologia
tradicional de ordenamiento social del género; indígenas
opuestos a la vejación de su identidad, subyugada ayer por el
hispanismo y hoy por las culturas de los países desarrollados;
u homosexuales críticos de un orden social heterosexista, son
expresiones de la denuncia social y política frente a la exclusión
que pervive entre las identidades. Sociológicamente un síntoma
de falta de integración; moralmente injusticia; psicológicamente
pervivencia de las patologías del odio. El peligro es la reafirmación,
individual y/o colectiva desde identidades excluyentes, tal y como ha
sucedido en grupos que exacerban una oposición basada en la violencia
y la negación del otro; un caso paradigmático son los
grupos neonazis y su propuesta de construcción identitaria en
torno a la negación violenta de otras identidades como la judía.
En la complejidad que el líder afronta para la construcción
dialéctica de la identidad desde el individuo al colectivo y
viceversa, la armonización de sus componentes es un elemento
fundamental. En efecto, los líderes sociales de grupos afectos
por procesos de exclusión deben sortear la vaya psicológica
del dolor –que toda exclusión social genera- pasando por
su resignificación hasta convertirlo en actitud proactiva que
busca transformar las condiciones de exclusión de las que se
fue objeto. Cualquier liderazgo saludable que haya superado la barrera
del dolor debiera propender más a una conciencia transformadora
de la exclusión que a las propuestas destructivas, extrayendo
de esa experiencia la fuerza movilizadora, la capacidad motivacional,
y el impulso suficiente para aproximar la praxis hacia un sano concepto
de lo justo y no hacia una distorsión de aquel, como racionalización
de la venganza. Pues si así fuera se trataría de líderes,
efectivamente, que haciendo el uso psicológico del resentimiento
generen cambios en el sentido negativo del término, y no mediante
la resignificación del dolor generado por la exclusión.
Abundan ejemplos de este tipo como ha sucedido durante las dictaduras
de izquierdas y derechas.
El camino de la resignificación del dolor desde el campo de la
psicología, permite la asunción de una conciencia de dignidad
que es el preámbulo para que todo líder social de algún
grupo excluido reafirme la conciencia de derechos. La validación
de la autoestima individual desde la dignidad del que históricamente
ha sido postergado, es uno de los motores propulsores de la dignificación
colectiva. Pues como se ve, nadie se considera sujeto de derechos, y
por lo tanto de luchar por aquellos, si antes no se supone digno. Así
es como la configuración de liderazgos individuales desde la
experiencia de la conciencia debieran reproducir la vivencia en el colectivo,
pues de lo contrario cómo se esperaría que un colectivo
supere su exclusión si previamente considera lícita la
situación de opresión en la que se encuentra. He ahí
un importante diferencial que caracteriza los liderazgos en grupos sociales
afectos por procesos de exclusión.
Conclusión
En definitiva, existen cambios que han afectado
al movimiento social en Latinoamérica y que han repercutido en
la constitución organizativa de grupos afectos por procesos de
exclusión. Agrupaciones cuyas temáticas permiten dar cuenta
de transformaciones mucho mayores, como por ejemplo, que el proceso
de construcción y reconocimiento identitario parece estar jugando
un rol fundamental.
La centralidad de la identidad en el proceso constructivo, tanto
de estrategias como de discursos se imbrica con los objetivos finales,
cuyo punto focal es la transformación de las condiciones de exclusión
generadas a partir de la reafirmación de una identidad específica
–sea en el caso de mujeres, jóvenes, indígenas,
homosexuales, etc-. Ciertamente también son importantes los talentos
–virtudes- personales y que remiten directamente a la caracterización
psicológica de los sujeto marcado por un historial de superación
con altos grados de resiliencia es un campo que, en total desarrollo,
debiera ser muy productivo.
No basta, sin embargo, con la conscientización de la propia identidad
individual o colectiva para asegurar buenos liderazgos. Muy por el contrario,
cada vez las exigencias son mayores, y la profesionalización
es una demanda exigida por contextos en creciente complejización
que requieren de sujetos capacitados. Existe amplia coincidencia respecto
de la necesidad de profesionalizar los liderazgos, entendidos no sólo
desde el punto de vista de la movilidad individual que de suyo genera
el aumento del capital cultural sino también de que su efectividad
está dada por el grado de irradiación e impacto que sobre
el grupo de referencia pudiera expandir.
Notas Explicativas
(1)
Obviamente los liderazgos deben considerar la complejidad
de un entorno adverso a la organización social, lo cual obliga
a los grupos afectos por procesos de exclusión, a recurrir a
nuevas lógicas de participación; o en otras palabras,
a una adecuación de los modos a los contextos. De ese modo, se
puede comprender paulatinamente algunas tendencias como la profesionalización
de los liderazgos en entornos que presentan crecientes niveles educacionales;
la incorporación de nuevas herramientas en entornos cada vez
más tecnologizados; y la emergencia de “líderes
mediáticos” en entornos crecientemente mediatizados.
Bibliografía
GERTH, H. y MILLS, W,
Carácter y Estructura Social Editorial Paidós, Buenos
Aires, 1968, pp. 92-118.
MEAD, G. H. Espíritu, Persona y Sociedad, Editorial
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MOULIAN, T, El consumo me consume, Editorial Lom, Santiago,
1998, 73 Pp.
LARRAIN, J, Modernidad, Razón e Identidad en
América Latina, Editorial Andrés Bello, Santiago, 199,
Pp. 9- 16, 89-125.