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Enero 2005
 
Liderazgos e Identidades en grupos sociales afectos por procesos de exclusión
Por Tomás Cabrera  
   

La construcción de liderazgos es una empresa que no puede estar inconexa del memorial histórico que actúa como basamento de aquellos, y que constituye la base desde la que se desarrollan. Historial que, en el caso de Latinoamérica, ha estado matizado de caudillismos, personalismos, y autoritarismos, entre otros, y que han devenido, frecuentemente, en la incapacidad para responder a demandas de liderazgos efectivos. Cuestión que, por cierto, podría caracterizar las debilidades en grupos sociales afectos por procesos de exclusión cuando reproducen en su interior lógicas de funcionamiento inadecuadas. Estos modos –someramente expuestos- explicitan la necesidad por desconstruir, reformular, y o proponer nuevas formas de liderazgos acorde con las necesidades actuales de nuestro continente, y entre las cuales los actores individuales y colectivos que lo ejercitan son fundamentales.

Abordar el tema del liderazgo, de suyo implica reconocer que no existe una única definición conceptual, o un modelo único de aquel. Por el contrario, son muchos los matices que existen cuando se trata de hablar del tema en cuestión. Lo cierto es que los enfoques en general parten de la base de la existencia de personas que potencialmente podrían desarrollar habilidades y como tal ejercer el liderazgo. Sin embargo, se ha focalizado poco la indagación de su génesis y desarrollo en el proceso vivencial más amplio, y en los espacios donde emergen; en otras palabras, la relación entre la experiencia de vida, la exclusión y construcción identitaria y por el otro la dimensión social y el contexto donde se ponen en práctica. El conocimiento de estos aspectos es una tarea prioritaria.

El Contexto
Los cambios socioculturales acaecidos durante los últimos años en Latinoamérica –entre los que se cuentan el regreso a la democracia- obligan a su interrelación con la emergencia de liderazgos sociales. Específicamente, en los últimos quince años, la movilización social ha presentado algunos cambios relevantes; surgen o se reubican nuevas temáticas asociadas a grupos que replantean los temas históricos de la movilización, y paralelamente disminuye la legitimidad de la institucionalidad del movimiento social tradicional con anclaje en los sindicatos, los partidos políticos, y las iglesias, entre otros. En efecto, se suscita un proceso ambivalente; por un lado, la pérdida de influencia de las agencias formadoras tradicionales de liderazgo que deja, ciertamente, un vacío; y por el otro, se generan procesos formativos desde y para movimientos sociales emergentes.

La cuestión ocurre bajo dos modalidades: primero, la autoformación, y segundo, la profesionalización de los mismos. En el primer caso –autoformación- queda manifiesta la precariedad de los liderazgos: falencias para la articulación discursiva, falta de legitimidad ante otros actores sociales (académicos, cuadros profesionales, Gobierno) etc. Y por el otro, la profesionalización canaliza una demanda –cada día más enfatizada- que es la construcción de sujetos capacitados, adiestrados formalmente en procesos educativos, poseedores de capital cultural, y que cuenten con la experticia que les permita elaborar discursos fundamentados. Luego, si convenimos en que los liderazgos trasformadores son fundamentales para la construcción de una sociedad civil bien articulada, es evidente que la precariedad de aquellos es una clave de lectura para comprender las debilidades de la sociedad civil y que repercute en la persistencia de las condiciones sociales de exclusión de grupos afectos por aquellas(1).

En el campo de las temáticas se instala la identidad, ya que grupos afectos por procesos de exclusión empiezan a articularse en torno a una demanda específica que, a la par, revela cambios sociales mayores; uno de los cuales es la focalización en torno al componente identitario. Liderazgos orientados concéntricamente en torno a una problemática identitaria que actúa como motor de estrategias que, a la par, da cuenta de la diversificación discursiva de la postmodernidad y del centralismo que han empezado a alcanzar los relatos en torno a lo particular en detrimento del metarrelato.

Vivencia y liderazgo
La aproximación a los liderazgos necesariamente debe considerar al líder en tanto sujeto, es decir, como el querer individual por ser actor, y como tal es importante la indagación de su experiencia subjetiva, considerando que emergen colectivos que plantean la afección a la exclusión ya no sólo desde las dinámicas económicas –exclusión socioeconómica- sino que se focalizan en aspectos identitarios que hacen de éstos su base constitutiva –indígenas, jóvenes, mujeres, homosexuales. En este sentido, es preciso señalar la dinámica de la configuración de la identidad como elemento definitorio de liderazgos sociales. Existen dos grandes niveles, ciertamente interrelacionados: a nivel de la psiqué el individual, y en el plano cultural, el colectivo. Ambos –el yo y el nosotros- tienen una relación de interdependencia donde el uno no puede ser sin el otro, puesto que la construcción identitaria es un proceso de reafirmación individual en el colectivo, y viceversa en consideración de que el colectivo no existiría sin individuos.

Este proceso ilustra la lógica interna de la construcción identitaria; lógica cuya epistemología es que la identidad es un proceso histórico estructural signado por el dinamismo temporal-espacial, y por ende divergente del esencialismo que tiende a la fijación de lo mudable, que de suyo dificulta la aproximación sociológica a la comprensión del cambio cultural. Hay más; no sólo existen categorías culturales compartidas –nación, religión, género, etc- que permiten la construcción de la identidad individual, sino que también en el nivel social el “yo” tiene modelos en la medida que selecciona referentes para su propia reafirmación o rechazo. Referentes individuales o colectivos: la construcción identitaria implica la aceptación o su contrario respecto de las expectativas de los otros. No se trata, sin embargo, de un proceso pasivo de un “yo” que internaliza pues existen márgenes de acción que posibilitan aceptar, rechazar u oponerse a las expectativas. Tal relación se extrapola al colectivo configurando grupos de otros significativos y otros de oposición, pasando de ese modo desde la identidad puramente individual a la colectiva, y cuando aquella problematiza el orden en que se inserta deviene políticamente.

El proceso presenta variadas dialécticas tanto a nivel colectivo como individual, y no sólo en la relación con “otros sujetos”. Las relaciones identitarias no sólo son mediadas por el discurso de referencia, sino también por bienes simbólicos que aportan a la creación del proceso; hay por ejemplo en la estética un elemento de diferenciación social. Grupos de adscripción socioeconómica se definen materialmente a través simbolismo que proporciona lo consumido, pues en este caso la construcción del status no descansa únicamente en los bienes intangibles como el capital cultural, sino también tangibles como el consumo de determinadas marcas, autos, ropas, etc. En estos casos, el poder adquisitivo –el dinero- actúa como medio simbólico de intercambio del que depende la inclusión/exclusión.

En otros casos, la emergencia de los otros excluídos -identidades de protesta- y del movimiento social emergente ha estado marcada por el desafío de construir identidades alternas a las hegemónicas que, a la luz de sus carencias –entre las que se cuenta su menor poder adquisitivo- creen espacios de expresividad sea en la producción de discursos, sea en el uso de lugares, o en el uso de bienes; un caso es por ejemplo la oposición desde el símbolo: tribus urbanas no son sólo colectivos de búsquedas identitarias de la subjetividad juvenil, sino también de estéticas entendidas como canal para la creación del sentido de pertenencia, cohesión, solidaridad grupal, identificación y de expresión de disenso respecto de las expectativas de los otros no identificados con aquellos, desde el lugar de la antiestética.

Hay algo relativamente esclarecido; el componente identitario está jugando un creciente rol en los liderazgos sociales emergentes. Asistimos a la politización de las identidades en tanto elementos que permiten reconstruir el sentido comunitario perdido por la preeminencia de lógicas desarticuladoras como las del mercado. En el caso de la identidad como espacio de denuncia y protesta, de entre los aspectos que han sido subordinados algunos emergen politizadamente; mujeres que rechazaron la tipologia tradicional de ordenamiento social del género; indígenas opuestos a la vejación de su identidad, subyugada ayer por el hispanismo y hoy por las culturas de los países desarrollados; u homosexuales críticos de un orden social heterosexista, son expresiones de la denuncia social y política frente a la exclusión que pervive entre las identidades. Sociológicamente un síntoma de falta de integración; moralmente injusticia; psicológicamente pervivencia de las patologías del odio. El peligro es la reafirmación, individual y/o colectiva desde identidades excluyentes, tal y como ha sucedido en grupos que exacerban una oposición basada en la violencia y la negación del otro; un caso paradigmático son los grupos neonazis y su propuesta de construcción identitaria en torno a la negación violenta de otras identidades como la judía.

En la complejidad que el líder afronta para la construcción dialéctica de la identidad desde el individuo al colectivo y viceversa, la armonización de sus componentes es un elemento fundamental. En efecto, los líderes sociales de grupos afectos por procesos de exclusión deben sortear la vaya psicológica del dolor –que toda exclusión social genera- pasando por su resignificación hasta convertirlo en actitud proactiva que busca transformar las condiciones de exclusión de las que se fue objeto. Cualquier liderazgo saludable que haya superado la barrera del dolor debiera propender más a una conciencia transformadora de la exclusión que a las propuestas destructivas, extrayendo de esa experiencia la fuerza movilizadora, la capacidad motivacional, y el impulso suficiente para aproximar la praxis hacia un sano concepto de lo justo y no hacia una distorsión de aquel, como racionalización de la venganza. Pues si así fuera se trataría de líderes, efectivamente, que haciendo el uso psicológico del resentimiento generen cambios en el sentido negativo del término, y no mediante la resignificación del dolor generado por la exclusión. Abundan ejemplos de este tipo como ha sucedido durante las dictaduras de izquierdas y derechas.

El camino de la resignificación del dolor desde el campo de la psicología, permite la asunción de una conciencia de dignidad que es el preámbulo para que todo líder social de algún grupo excluido reafirme la conciencia de derechos. La validación de la autoestima individual desde la dignidad del que históricamente ha sido postergado, es uno de los motores propulsores de la dignificación colectiva. Pues como se ve, nadie se considera sujeto de derechos, y por lo tanto de luchar por aquellos, si antes no se supone digno. Así es como la configuración de liderazgos individuales desde la experiencia de la conciencia debieran reproducir la vivencia en el colectivo, pues de lo contrario cómo se esperaría que un colectivo supere su exclusión si previamente considera lícita la situación de opresión en la que se encuentra. He ahí un importante diferencial que caracteriza los liderazgos en grupos sociales afectos por procesos de exclusión.

Conclusión
En definitiva, existen cambios que han afectado al movimiento social en Latinoamérica y que han repercutido en la constitución organizativa de grupos afectos por procesos de exclusión. Agrupaciones cuyas temáticas permiten dar cuenta de transformaciones mucho mayores, como por ejemplo, que el proceso de construcción y reconocimiento identitario parece estar jugando un rol fundamental.

La centralidad de la identidad en el proceso constructivo, tanto de estrategias como de discursos se imbrica con los objetivos finales, cuyo punto focal es la transformación de las condiciones de exclusión generadas a partir de la reafirmación de una identidad específica –sea en el caso de mujeres, jóvenes, indígenas, homosexuales, etc-. Ciertamente también son importantes los talentos –virtudes- personales y que remiten directamente a la caracterización psicológica de los sujeto marcado por un historial de superación con altos grados de resiliencia es un campo que, en total desarrollo, debiera ser muy productivo.

No basta, sin embargo, con la conscientización de la propia identidad individual o colectiva para asegurar buenos liderazgos. Muy por el contrario, cada vez las exigencias son mayores, y la profesionalización es una demanda exigida por contextos en creciente complejización que requieren de sujetos capacitados. Existe amplia coincidencia respecto de la necesidad de profesionalizar los liderazgos, entendidos no sólo desde el punto de vista de la movilidad individual que de suyo genera el aumento del capital cultural sino también de que su efectividad está dada por el grado de irradiación e impacto que sobre el grupo de referencia pudiera expandir.

Notas Explicativas
(1) Obviamente los liderazgos deben considerar la complejidad de un entorno adverso a la organización social, lo cual obliga a los grupos afectos por procesos de exclusión, a recurrir a nuevas lógicas de participación; o en otras palabras, a una adecuación de los modos a los contextos. De ese modo, se puede comprender paulatinamente algunas tendencias como la profesionalización de los liderazgos en entornos que presentan crecientes niveles educacionales; la incorporación de nuevas herramientas en entornos cada vez más tecnologizados; y la emergencia de “líderes mediáticos” en entornos crecientemente mediatizados.

Bibliografía
GERTH, H. y MILLS, W, Carácter y Estructura Social Editorial Paidós, Buenos Aires, 1968, pp. 92-118.
MEAD, G. H. Espíritu, Persona y Sociedad, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1993, pp. 193-206.
MOULIAN, T, El consumo me consume, Editorial Lom, Santiago, 1998, 73 Pp.
LARRAIN, J, Modernidad, Razón e Identidad en América Latina, Editorial Andrés Bello, Santiago, 199, Pp. 9- 16, 89-125.


 
 
 
Autor/a de este artículo:
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TOMAS CABRERA

Licenciado en Sociología, Bachiller en Filosofía y Humanidades, Bachiller en Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Alberto Hurtado.

Tomás desarrolló su práctica en el Fondo Internacional de Becas y ha colaborado en temas de liderazgo.

 
 
 
 
 
 

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