En este artículo mi propósito es analizar
brevemente el rol del proceso de Concertación en torno a la democracia,
tomando en cuenta tres variables: representación y/o representatividad,
legitimidad y la convivencia entre democracia representativa y la concertación.
Para ello, sintéticamente, intentaré dar respuesta a las
siguientes interrogantes: ¿Quiénes participan en el proceso
de concertación?, ¿Los que participan, a quiénes
representan y éstos son representativos?, ¿La mesa de
concertación contribuye a la legitimidad de las instituciones
políticas locales y a las políticas concretas que se discuten?,
¿Qué características deben tener los procesos participativos
para ser legitimados por la ciudadanía?, y ¿Cómo
es la convivencia entre la democracia representativa y el proceso de
concertación?
Representación en, y representatividad
de la Concertación
Haciendo un ajustado balance de los Estados democráticos liberales,
desde hace más de una década el problema del Estado-nación
radica en que sus competencias vienen siendo absorbidas desde dos orientaciones:
uno interno, expresado en la exigencia y asunción de competencias
en materia de decisiones políticas en los ámbitos locales
y regionales, y, el otro, externo expresado en la influencia de las
organizaciones e instituciones transnacionales en las decisiones políticas
del Estado, poniendo de esa manera en cuestión la definición
del ámbito del demos(1).
En el caso peruano la respuesta del Estado respecto a las iniciativas
de participación a nivel local que ya se habían venido
desarrollando, el gobierno de transición de Valentín Paniagua
en marzo del 2001 creó la “Mesa de Concertación
de Lucha Contra la Pobreza” para que, por ley, ésta se
implementase a nivel nacional a través de todos los gobiernos
locales, ya sean provinciales o distritales, cediendo con ello competencias
hacia los niveles inferiores de gobierno y a la vez respaldando las
experiencias ya existentes.
Como es evidente, en el Perú desde los espacios locales se vienen
ensayando la construcción combinada de modelos de democracia
participativa-desarrollista, haciendo uso de las categorías de
D. Held (2002). Sin embargo, los protagonistas mayoritarios de aquellos
espacios de participación y concertación a nivel local
fueron los actores institucionales (gobiernos locales y las instituciones
descentralizadas del Estado, con apoyo de algunas ONGs), con una limitada
participación y/o representación de las organizaciones
sociales de base (asociaciones, comités, sindicatos y otros).
Por tanto, los espacios de concertación han sido más excluyentes
que incluyentes (ver el caso del diagrama de participación).
Para superar este tipo de exclusiones y extender la democracia participativa,
Macpherson en D. Held sugiere que, ante la pluralidad de intereses es
necesario reorganizar los partidos de acuerdo con principios menos jerárquicos
y que éstos compitan entre ellos para garantizar un mínimo
de sensibilidad de los representantes hacia sus representados. De ese
modo, se crearía una base sustancial para la democracia participativa
si los partidos se democratizaran con arreglo a principios y procedimientos
de la democracia directa. Además, si dichos partidos basados
en principios participativos operaran dentro de la estructura parlamentaria
o del congreso, complementada y controlada por las organizaciones de
pleno autogobierno en el lugar de trabajo y en las comunidades locales
y regionales. Esta es la lógica de la democracia representativa
que tiene su fundamento en el sistema de elección.
Sin embargo, con la apertura de los espacios de concertación
la cuestión es saber quienes realmente participan en estos espacios
de diálogo. Es decir, si aquellos que participan tienen una influencia
efectiva en estos espacios y si lo tienen a quiénes o qué
intereses representan. La práctica de los espacios de concertación
nos muestra que quienes participan en estos espacios son de cuatro tipos:
primero, las autoridades locales que representan a las diversas instituciones
públicas y a algunas instituciones privadas; segundo, hay personas
que asisten por voluntad o interés por enterarse de la problemática
de su pueblo o ciudad; segundo, hay personas que participan teniendo
algún cargo en alguna organización o asociación
invitado por las autoridades; y, finalmente, existen personas que asisten
(en la mayoría de los casos) en los espacios de concertación,
siendo directivos o autoridades comunales o de caseríos, quienes
se sienten obligados a cumplir su responsabilidad y por tanto no participan
por convicción. Los tres primeros corresponden, predominantemente,
a los ámbitos urbanos y el último pertenece a los ámbitos
rurales. Por ello el talón de Aquiles de los espacios de concertación
es la reducida y débil participación de aquellos actores
que provienen de grupos que realmente son los destinatarios de los efectos
positivos o negativos de las decisiones adoptadas en los espacios de
concertación.
Por tanto, en la medida que los participantes que representan a la sociedad
civil local sean voluntarios, directivos de organizaciones privilegiadas
y autoridades rurales sin convicción para participar, podemos
sostener que los espacios de concertación tienden a no ser representativos.
Por ello como sostienen Font & Blanco (2001), una vez que se apertura
un espacio de participación, no queda resuelta automáticamente
la cuestión de la representación. Además, la otra
cuestión y más importante aún, es que, si los representantes
cuentan con información y si están en condiciones de procesar
dicha información. La experiencia nos dice que entre los representantes
podemos identificar que la no disponibilidad de este recurso (capacidad
de procesamiento de información) es una de sus mayores limitaciones
para participar convicta y activamente. Quizá se deba, también,
a ello que los espacios de concertación sean protagonizados por
aquellos que disponen de recursos necesarios.
De otra parte, la experiencia también nos demuestra que en aquellos
espacios de nivel micro, predominantemente rural, homogénea y
relativamente menos compleja, la concertación ha logrado un nivel
de participación relativamente alta, donde los intereses de gran
parte de la población (por no decir de todos) están representados
en el espacio de concertación. Así, en estos ámbitos
el proceso de concertación ha avanzado desde una institucionalización
formal hacia su institucionalización real. Entonces, de acuerdo
a esta lógica, es de vital importancia distinguir la dinámica
de concertación tomando en cuenta la magnitud y el tipo de actores
que están inmersos en ella, identificando los puntos de convergencia
y divergencia, ya que el grado de complejidad de la dinámica
de concertación es diferenciado por ámbitos y/o niveles.
Búsqueda
de legitimidad y convivencia entre la democracia representativa y el
proceso de concertación
En principio, está claro que los espacios
de concertación surgen como una alternativa para aproximar las
decisiones públicas a los ciudadanos y para generar mayor gobernabilidad
en los espacios locales. En ese sentido, dichos espacios están
llamados a mejorar la democracia, proveyendo de legitimidad a las decisiones
y acciones emprendidas tanto desde las instituciones políticas
locales como desde los propios espacios de concertación. En cierta
medida los espacios de concertación han venido cumpliendo con
el rol asignado, sin embargo, una de sus mayores dificultades es la
baja representatividad social, cuando en realidad tendría que
haber sido todo lo contrario. Esta dificultad es superable en espacios
como el que hemos venido analizando, porque la experiencia está
en proceso de construcción. Para la mayoría de los actores
sociales la experiencia resulta nueva porque nunca antes ha existido
un espacio de diálogo donde estén interactuando cara a
cara entre los diferentes actores que constituyen la sociedad local.
En algunos espacios de nivel micro la concertación ha
sido construida y legitimada socialmente con relativa rapidez, a pesar
de su reciente puesta en práctica. Como ya hemos hecho mención
más arriba, el proceso de concertación, además
de su institucionalización formal, ha logrado su institucionalización
real, incluyendo al mayor número posible de grupos y/o sectores
sociales. Por tanto, una de las estrategias para lograr la legitimidad
de estos espacios y de sus acciones, es que, éstos sean incluyentes.
En esta orientación discrepo con aquellas afirmaciones, en las
que se dan a entender que los espacios de concertación serán
para quienes cuenten con los recursos suficientes como para poder participar
en dichos espacios. Por el contrario, estos espacios deben asumir el
rol de información y formación ciudadana, para que incrementalmente
ellos asuman como suyo la experiencia; como de alguna manera han venido
promoviendo las experiencias de los presupuestos participativos en Porto
Alegre y Belo Horizonte, Brasil. A primera vista, ésta lógica
de los espacios de diálogo parece ser que atenta contra la democracia
representativa, sin embargo, pienso que no es así. Porque, si
bien las decisiones son tomadas con la participación de los diferentes
actores sociales, la implementación de las decisiones y la asignación
de recursos económicos recae en la responsabilidad de los representantes
o autoridades electas. Con la participación lo que se logra es
contribuir a que las acciones públicas de las instituciones políticas
y otras organizaciones locales tengan mayor legitimidad social, y con
ello se enriquezca y fortalezca la democracia representativa.
Finalmente, desde el principio de legitimidad de la democracia planteada
por el profesor F. Vallespín (2001), ésta es posible lograr
o concretar a partir de la perspectiva del autogobierno del pueblo,
en este caso, del autogobierno de las comunidades locales. Parafraseando
a Vallespín, lo relevante aquí, como veníamos afirmando,
es la capacidad de los ciudadanos para intervenir activamente en la
gestión de su propia vida pública y política, de
tal manera que pueda presuponerse el consentimiento del demos detrás
de la acción política. De acuerdo a dicha perspectiva
la cuestión es saber si, en esta coyuntura de transnacionalización
de las decisiones y de la individualización de la vida cotidiana,
existe una ciudadanía activa o si los canales de mediación
entre la ciudadanía y la clase política funcionan razonablemente.
En ese contexto la democracia representativa, necesariamente, pierde
y cambia su sentido original, porque el ámbito de intervención
o acción del demos, por un
lado, se desterritorializa con el proceso de transnacionalización,
y, por otro lado, se territorializa con la localización y/o regionalización.
Sin embargo, desde esta última perspectiva se contribuye a la
legitimidad de la democracia representativa, con tendencia hacia un
modelo de democracia social-representativa. Modelo de democracia, que
para su construcción vengo trabajando en el marco de mi investigación
de tesis doctoral, que es la continuación de mi tesis de Magíster.
Notas Explicativas
(1)
Vallespín, F. (2001) Democracia y globalización.
En R. Máiz (ed) Construcción de Europa: democracia y globalización.
Volumen I. Universidad de Santiago de Compostela.
Referencias Bibliográficas
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of citizen participation. ICPS, Barcelona.
FONT, Joan (2003) Local participation in Spain: Beyond
associative democracy. En Joan Font (ed.) Public participation and local
governance. ICPS, Barcelona.
FONT, Joan (2001) Ciudadanos y decisiones públicas.
Ariel, Barcelona.
HELD, David (2002) Modelos de democracia. Alianza Ensayo,
Madrid.
JORDANA, Jacint (1995) El análisis de las policy
networks: ¿Una nueva perspectiva sobre la relación entre
las políticas públicas y el Estado?. En Repensar el Estado.
GAPP Nº 3.
PIZZORNO, Alessandro (1988) Los intereses y los partidos
en el pluralismo. En Berger, S. (comp.) La organización de los
grupos de interés en Europa Occidental. Ministerio de Trabajo
y Seguridad Social, Madrid.
QUISPE, Edgar (2003) Condicionantes de la participación
y articulación entre los actores en los espacios de concertación
para el desarrollo local: experiencias de concertación en Moho
y Carhuaz. Tesis para optar el grado de Magíster en Sociología.
PUCP, Lima.
SMITH, Martín (1995) El pluralismo. En Marsh,
D. Y Gerry S. (eds.) Teoría y métodos de la ciencia política.
Alianza Universidad, Madrid.
VALLESPIN, Fernando (2001) Democracia y globalización.
En R. Máiz (ed) Construcción de Europa: democracia y globalización.
Volumen I. Universidad de Santiago de Compostela.